-Roberto, vení. Tengo un regalo. Es algo con lo que crecí y ahora es tuyo.
-Gracias.
Abrí la bolsa y encontré unos cuadernillos muy finitos, eran y siguen siendo 11, todos con tapa a color, con una breve presentación de los hechos que tendrían lugar en ese fascículo, un hombre vestido con una escafandra y copos de nieve a su alrededor, un soldado siendo abatido por un insecto gigante en la general paz, en primer plano una cara gritando desesperadamente y detrás la cancha de river. Amor a primera vista, no sabía muy bien que significaban todos esos dibujos pero a qué niño o niña no le gusta que le regalen algo completamente desconocido, alguna cosa que haya que descubrir.
Al mismo tiempo que me resultaba placentero pasar horas y horas mirando las viñetas, cada dibujo, me inquietaba que solo hubiese negro y blanco. El negro eran las siluetas, los objetos, las armas, las gesticulaciones, las palabras, en cambio el blanco era el vacío. Más de una vez me senté en mi mesita con la pila de historietas, la caja de lápices de colores y la decisión de colorear cada centímetro de esa fabulosa aventura, y una sola vez lo hice o mejor dicho lo empecé a hacer, lo suficiente como para darme cuenta que se trataba de una tarea abrumadora y destructora.
Ariel y Alejo fueron mis acompañantes, mis guías, en esa primera lectura. Sabía que podía preguntarles todo, la extensión y claridad de la respuesta ya corría pos su cuenta. Tampoco es que hubiese tantas cosas que preguntar, la historia de Juan Salvo me resultaba bastante cercana, para empezar se trata de un relato de ciencia ficción, de aventura, género estimulante que invita a uno fantasear (y cuando uno es niño eso no es muy difícil) y segundo todo transcurre en la Argentina, así que había edificios, barrios, calles que yo conocía o que había escuchado nombrar, Vicente Lopez, Avenida Santa Fe, Avenida Libertador, el Congreso, el Monumental.
Una noche de verano caminaba con mi mamá y mi papá por la calle florida, salíamos del cine. Fue tan solo doblar una esquina y quedarme paralizado, de las alcantarillas brotaban legiones de cascarudos, bien acorazados, uno los pisaba y escuchaba nítidamente el CRUNCH de su final. La calle estaba completamente cubierta, avanzaba por un mar negro y en movimiento. Yo corría, saltaba, me detenía y volvía a caminar, todo valía para matar la mayor cantidad de insectos. En ese momento creí encontrarme combatiendo junto a Juan, Pablo y Favalli. La invasión ya había comenzado.


Para ser sincera no conozco el libro más allá del nombre, pero me gusta mucho cómo no basás tu narración básicamente en el contenido del relato sino en la experiencia que tuviste con él siendo chico. Es muy lindo notar cómo ese niño se identifica con los protagonistas a tal punto que, hacia el final del texto, juega a ser su compañero de luchas.
ResponderEliminarEstá muy bueno cómo en el último parrafo cambias el tiempo del relato de pasado a presente, al narrar cómo la historia de los comics se torna realidad, generando un efecto que deja el interrogante de cómo culminó, o de si efectivamente sucedió, o se trata de un sueño.
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