Una pasión inexplicable
Ni bien abrió los ojos, dio un brinco y salió de la cama. La colcha blanca y roja termino en el suelo. No sabía que hacer, era muy temprano para despertar a su papá, y encima era domingo. Iba de una esquina a la otra de su habitación, recolectaba la ropa con la que se vestiría. Sus manos parecían las alas de un colibrí y sus labios no se detenían, relataban partidos sin resumen. Sorteaba sus juguetes, imaginaba que finta tras finta dejaba en el piso, humillados, a sus adversarios, saltaba y cabeceaba (tanto con la frente como con ambos parietales), se arrojaba al piso y en la linea ahogaba el grito del contricante.
Sus ojos se detuvieron en una fotografía que había pegada en la pared, por primera vez, desde que se despertó, su ritmo cardíaco se aproximo al debido, clínicamente hablando. Ante él se encontraban las personas que deseaba ser. Hasta usaban la misma ropa. El niño se arrodilló y pronuncio unas palabras inaudibles, como si hablase para si o invocando alguna divinidad. Sostenía los brazos en alto, las manos contra la pared y casi sus dedos llegaban a tocar el borde inferior del poster. Le imploró a sus astros que solo le concedieran un deseo. Besó el escudo que llevaba en su pecho y terminado el rito de iniciación, se sintió realmente cansado. Las última noche no había podido dormir, su estado de alerta se lo impedía (ni siquiera se había relajado la noche anterior cuando su guía le mostraba los cartones habilitantes, y que acertado que estaba al desconfiar de esa realidad). Pensó que no le vendría nada mal acostarse en la cama nuevamente, y así soñar con lo que vendría, total faltaba tanto. La casa entera se encontraba sumergida en el silencio, aún no había amanecido. Su pecho se encontraba emocionado, era el día.
- Vamos !!! Despertate que tenes que comer y arrancamos. Se nos hizo tarde.
No podía entender el hecho de haberse levantado con tanta anticipación e igual, de todas maneras, tener que hacer todo a las apuradas. Había recomenzado el día con el pie izquierdo. Todavía con los ojos empastados se dijo a si mismo que de nada le servía todo lo que había planificado. Cada momento, cada lugar, el viaje, cada persona, el partido, nada sería igual. El tiempo atentaba contra su gran anhelo. Dependía del azar y de la experiencia de su padre. Insistió en que no comería nada. No era el momento para detenerse a satisfacer necesidades terrenales, sino de apurarse para ocupar un buen asiento en la meca del fútbol argentino.
Nunca olvidará de qué manera sufrió esperando el tren, aunque seguro no fueron más de 10 minutos.
Nunca había viajado en vagon así, con tanta gente parada, cantando, gritando, marcando el ritmo utilizando de tambor el techo de la formación, algunos en el furgón hacían los bombos, los zurdos y una trompeta. El rojo y el blanco, todo lo teñían.
Nunca hubiese pensado ver gente fumando en el interior de una transporte público, él sabía que esta terminantemente prohibido, a los demás simplemente no les importaba.
La estación Nuñez era un mundo de gente. Comenzó la gran marcha. Todos iban con prisa, excitados. Padre e hijo sabían que faltaba muy poco para que comenzará el partido. Intentaron correr pero se lo impidió la materialidad de sus camaradas. Eran una gran familia que avanza, con algunos integrantes más hostiles que otros. De vez en cuando veía pasar presurosos a grupos de personas vestidos con otros colores. Esa primera vez el niño no se planteó el porqué algunos de sus “familiares” los insultaban o hasta amenazaban. El olor de los patys y los chorizos le dio mucho hambre.
El imponente estadio se encontraba ante sus ojos. Reía de felicidad, de orgullo. Cuántas veces mas grande que él sería esa monumental obra arquitectónica. Su mente aterrizó y su respiración se aceleró, habían comenzado los empujones y amontonamientos. Se aferraba con todas sus fuerzas al brazo de su padre. No quería prederse, aunque le agradaba la idea de ingresar a la cancha llevado por esa marea de humanos. El padre lo subió a sus hombros. Desde esa altura pudo reconocer el problema. “La puerta es chica y hay muchos policías”. Avanzaban lentamente. El personal de seguridad solicitó las entradas. El padre las entrego. El vigilante dijo:
-Mirá ! Son truchas. Vayan para atrás.
Nos estamos yendo cuando el estadio todo gritó gol. Comenzaron los abrazos y los cantitos. Cantabamos y nos abrazabamos entre nosotros, entre los que no habíamos podido entrar, entre los que no vimos el gol. Rápidamente todo volvió a la tensa normalidad. Mi papá no sabía cómo disculparse. Yo, solo pensaba en cuando regresaría.
Me gustó mucho el cuento, principalmente el principio que relata todo lo que le sucede al niño con la ansiedad de asistir a su primer partido, la manera en que lo narrás transmite muy claramente los sentimientos del chico y me hace sentir toda su emoción. Es interesante cómo el narrador describe a los hinchas como una "familia" y el hecho de que ante el inesperado final el niño no muestre decepción sino que siga con toda esa emoción y ansiedad que refleja desde el principio. También es distintivo que el relato no se base en el partido en sí sino en los sentimientos del protagonista en toda la situación previa.
ResponderEliminarCreo que en tu narración está muy bien logrado el factor sorpresa, ya que a medida que iba avanzando en el relato cada suceso cambiaba la previsibilidad que me hacía del mismo,con lo que contribuía a darle un suspenso en el cómo se podía esperar que terminara, y me atrape a terminar de leerlo.
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